Mirar al Niño Jesús

 

Queridos amigos de Fe y Luz,

 

Dentro de poco, vamos a celebrar la fiesta de la Navidad, fiesta de la llegada de Dios a nuestro mundo, fiesta del nacimiento del Niño Jesús. Con Martin Luther ajustemos nuestra mirada: “ La religión cristiana no tiene su punto de partida en las alturas, como todas las otras religiones, sino desde muy abajo (...) Cuando pretendes reflexionar sobre tu salvación o hacer algo por ella, deja toda especulación sobre la majestad de Dios, toda reflexión sobre las obras, las tradiciones, la filosofía y las leyes divinas y date prisa por refugiarte cerca del belén, del seno materno, encaríñate con este niño, con este hijo de la Virgen, mírale nacer, mamar, crecer, vivo entre los hombres, enseñando, muriendo, resucitando elevándose a los cielos, teniendo poder sobre todas las cosas.” (comentario sobre la epístola a los Gálatas). Con los pastores y los reyes magos, démonos prisa para ir a ver a Jesús, y encariñarnos con ese niño. Con María y José, acerquémonos al belén para dejarnos transformar por este misterio, oculto para los sabios y revelado a los pequeños. (cf Mt 11,25).

 

Miremos primero al niño con la mirada de María, la mirada de la que dice “sí” a Dios. Como todas las madres, María se extraña de la llegada de este niño. Ella sabe que los padres no dan la vida sino que la transmiten. La vida, nos la regala Dios. Es preciosa, por débil y frágil que sea. El niño Jesús es débil y frágil, pero querido con tanto cariño por su madre. Y esa mirada transforma a María como nos puede transformar a nosotros también.

 

José también mira al niño. Su mirada atraviesa la duda. José es un hombre de fe. A nuestro alrededor, las preguntas surgen y las evidencias se hacen sentir. ¿Dónde está Dios...si existe? ¿De verdad, podemos creer en un mundo invisible? ¿Quién nos traerá la paz? ¡La justicia no compensa! ¡No sirve de nada ser bueno! Y así sucesivamente. José se agarra a la Palabra de Dios. Anda en un camino de fe. Con su ejemplo, nos invita a confiar, a sobrepasar la duda, a llegar a una fe adulta.

 

Dios se revela siempre a los pobres, a los que no poseen nada, a los que no se agarran a lo que tienen. Para ver a Dios, hay que ser pobre. No es sorprendente que los primeros en recibir la noticia del nacimiento de Jesús fueran los pastores que vivían en el campo y cuidaban de sus rebaños. Estos pastores que sólo pueden contemplar el cielo y las estrellas tienen la mirada lo suficientemente pura para ver en Jesús al Salvador. Ellos se preocupan de sus rebaños y aquí está Dios que se preocupa por ellos y se hace próximo a ellos así como lo es para todos lo pobres.

Los magos vienen de lejos, de muy lejos, del oriente, no saben realmente quien es Jesús, pero no les importa: han emprendido el camino para rendirle homenaje y ofrecerle oro, incienso y mirra. Dios se revela a los que buscan con verdad, a los que escuchan los signos, a los que se abren a la sorprendente novedad del Evangelio. ¿Tendremos

El corazón suficientemente abierto, liberado de nuestras falsas certezas, para emprender el camino con los magos?

 

Y no hay que olvidarlos, ¡están el burro y el buey! Los evangelios no hablan de ellos pero yo sé que los animales en la Biblia son algunas veces más sutiles que los hombres (como nos lo recuerda el profeta: cf Is 1,3). El burro y el buey están al pie del pesebre felices de ser lo que son. ¡Dios nos ha hecho para Él! Obviamente, contrariamente a María, le decimos “no” a menudo. Sin embargo, cada uno de nosotros lleva en él la marca de Dios. Quien quiere ver a Dios debe ser él mismo. No intentemos ser diferentes para acercarnos al Señor. Es Él el que nos transformará por su Presencia.

 

Estos días, la liturgia nos propone volver a leer o escuchar otra vez los relatos de la Navidad, estos relatos que narran el nacimiento de Jesús, hijo de David e hijo de Dios. No pensemos de manera ligera que estas páginas evangélicas no tienen ya nada que decirnos. Volvamos a leer los primeros capítulos de Mateos y Lucas, volvamos a leer estas páginas impregnadas de teología. Tomemos el tiempo de meditarlas de manera personal. No dudemos tampoco en volver a leer las narraciones en comunidad, y quizá a mimar algunas partes.

 

En numerosos países, las comunidades de Fe y Luz atraviesan momentos difíciles. Y todos conocemos en nuestras comunidades a personas que se encuentran en situaciones dolorosas. Algunos de vosotros tienen la impresión de estar bajo la maldad de Herodes más bien que recibir el alegre mensaje del Ángel. Que el mensaje de la Navidad alumbre vuestra noche y os haga fuerte en la adversidad. ¡Y que el hijo de la Virgen María “elevado por encima de los cielos, y teniendo poder sobre todas las cosas”, nos permita acoger la paz y la alegría de la Navidad, la paz y la alegría de Jesús, esta paz y esta alegría que sólo Él nos puede dar!

 

¡A cada uno, a cada una, deseo de todo corazón una Santa y Feliz Navidad!

 

P. Guy, consiliario internacional Fe y Luz

 

Contenido actualizado el  12/02/2007
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